Terapia del Murciélago o sobre cómo aprender una lección en la selva de Ecuador

Era noviembre de 2014 y continuábamos con nuestra ruta por Ecuador en carretera, antes de llegar a Puyo. Hipnotizada con cada paisaje, aún estaba en trance por todo lo bonito vivido en días anteriores. Muchas sensaciones diferentes se habían apoderado de mí y aún no era capaz de asimilar que las grandes experiencias que estaba viviendo eran reales. ‘Que nadie me pellizque, no quiero despertar’, pensaba. Pero la elevada sensación térmica me hizo volver a tierra firme para darme cuenta de que tenía implantada una sonrisa permanente en la cara, además de una cantidad de sudor considerable.

Por la mañana habíamos parado a desayunar en un lugar mágico, desde donde nos habían recomendado ir a una casa de árbol cercana y que cuadraba con nuestra ruta de viaje (nos habríamos desviado igualmente de no ser así). Nos había dado tan buena impresión la de Baños de Agua Santa (‘Baños’ para los amigos) que queríamos conocer más. Así que después del festín matutino tuvimos que despedirnos con pena de ese hermoso lugar, aunque con el gusto de saber que algún día tendríamos que volver a repetir esa experiencia gastronómica sí o sí.

   – ¡Mira! Ahí es.

Ahí estaba el cartel junto a la carretera que nos indicaba que habíamos llegado a nuestro siguiente destino inesperado. Con inseguridad nos bajamos de la furgoneta buscando algún indicio de vida, hasta que un simpático pavo negro nos dio la bienvenida y alertó al propietario de que andábamos cerca. Tras saludar y preguntarle si nos habíamos confundido (no veíamos a nadie más), nos indicó que estábamos en el lugar correcto. Habíamos tenido la suerte de ser los únicos visitantes en aquel momento, así que le tuvimos de guía para nosotros solos. Y, en efecto, había una CASITA  súper-mega-hipercasa de árbol muy singular. También había estanques, curiosa decoración y… ¿cuevas con cara de dragón?

Éramos cinco + el propietario. En total cuatro hombres y dos mujeres. Ellos: bien aplicados a la causa, caminando juntos e intercambiando palabras tranquilamente. Nosotras: una con tantas ganas de ir al baño que salió corriendo sola hacia allí en cuanto pudo mientras la otra era presa de la emoción y se paraba a hacer veinte fotos por metro cuadrado. Vale, yo era la de las fotos (qué raro). Y así fue como, sin darnos cuenta, las chicas acabamos un poco lejos de lo que venía siendo una interesante y a la vez misteriosa propuesta. Aunque a día de hoy me alegro mucho de que haya sido así, pues de otra manera tendríamos una experiencia menos que contar.

Ahora es cuando se acaba el tráiler de la ‘peli’ porque ya sabes lo justo y necesario. Si estás pensando en ir a Ecuador y visitar este lugar es mejor que no sigas leyendo o truncarás tu aventura. ¡Déjate sorprender! Pero si has llegado aquí por otras razones… ¡adelante! 😉

Belleza de la Naturaleza Ecuatoriana

A veces me concentro demasiado. Levanté la vista de la cámara y me encontré un poco sola. Vi que los hombres se habían parado en lo que venía siendo la entrada de una cueva y estaban recibiendo una explicación por parte del propietario. Corrí hacia allí y llegué justo a tiempo para escuchar que íbamos a visitar una gruta. Sin preguntar las condiciones ni la otra parte de la charla que me había perdido, mi cerebro se evadió de nuevo. Mi entusiasmo me hizo retroceder más de diez años atrás, cuando tuve la suerte de visitar la Gruta de las Maravillas en Huelva (España). Aquellos recuerdos de inmensos espacios subterráneos y repletos de lagos, estalactitas y estalagmitas a más de 100 metros bajo tierra volvieron a robarme una sonrisa.

   –  ¡Ay sí! – Dije al instante. – ¡Qué emoción!

   – Pero hay “bichos”, Isa.

   – ¿Bichos?

   – Sí, dice que hay murciélagos.

Wow…tiene que ser precioso observar a esos pequeños mamíferos colgando en ese entorno tan grandioso – pensé-. Aquella primera y única gruta que visité en toda mi vida no abandonaba mi mente.

   – Hay que entrar “como un trenecito”: todos en fila, uno detrás de otro, agarrándose de la cintura. Necesitamos silencio, para no molestar. Teléfonos apagados. Y, por supuesto, no se separen. – Dijo el propietario/guía.

Aquí apareció mi compañera, que debía estar más evadida y emocionada que yo, porque acababa de llegar del baño y ya se había posicionado por delante de mí en la fila y sin haber escuchado absolutamente nada de lo que íbamos a hacer. Me dejó boquiabierta. Pero no porque se me hubiera colado, sino porque creí que le daría miedo. Bueno, mejor así entonces, -pensé-. Y todos tan felices nos adentramos en una cueva desconocida haciendo el trenecito entre risas silenciosas, como cuando un niño hace alguna travesura.

Pongámonos en situación: el primero en entrar fue el propietario, le seguía ‘P’, luego ‘S’ (mi compañera), a continuación iba yo, después mi novio y por último ‘J’. ¡Qué bien! Sin haberlo planeado estaríamos “protegidas” en el centro de la fila.

El comienzo fue muy bueno. Andábamos hacia un lugar cada vez más oscuro y de fondo se escuchaba el sonido de los murciélagos. Aquello pintaba muy bien… las expectativas no podían estar más altas.

Avanzamos un poco más y sólo a unos metros de la entrada ya no había luz. Se hizo la oscuridad y el silencio absoluto. Tan sólo se escuchaban nuestros pasos. Esperaba ver algunas luces de emergencia por las paredes, pero no. Abría los ojos hasta no poder más y no veía nada, ni siquiera mis manos agarrando la camiseta de ‘S’. Nunca había estado en una situación así. Cerré los ojos.

No me lo puedo creer, Isa. Te has bajado del coche sin cambiarte de zapatos. –Me dije a mí misma.- Notaba como se me estaban mojando los pies… y menos mal que en ese momento no me dio por imaginarme a insectos o reptiles juguetones entre ellos. Aquí en sandalias cual turista playera… ¿a quién se le ocurre?

   – ¡Agáchense!

No llegué a entender si esa orden en forma de grito era de peligro, pero me agaché rápidamente y lo poco que me quedaba de sonrisa desapareció por completo. No podía dejar de fruncir el ceño. ¿Qué estaba pasando? La respuesta llegó cuando fue mi turno de sentir que estaba rodeada de pared. Todo era cada vez más estrecho. Efectivamente, el techo también. Cada vez más. Y cuando tu nariz empieza a estar prácticamente tocando tus rodillas te planteas muchas cosas, pues estar andando “en cuclillas” (léase: con las piernas completamente flexionadas, como si se estuviera sentado en el suelo pero apoyándose no en él, sino en los talones) no era lo que yo recordaba de una gruta.

   –Uf…- Una curva. Me costó pasar. –La sandalia…espera, espera. Ya, la encontré.- Mi cara de pena/terror debía ser un poema (suerte que nadie podía verla).

De repente empezamos a sentir como muchos cuerpecitos colgados de ese bajo techo se tambaleaban a nuestro paso al chocar con nuestras cabezas. Sí, así tal cual. Ahí sí quería que alguien me despertara pellizcándome. Me estremecí, apreté más los ojos (si es que aún se podía) y con cara de “Oh no, esto no puede estar pasando” intenté avanzar agachándome aún más, pero no había espacio.

   – Tranquilos, son raíces.- Susurró el guía jugando con nuestra mente.

Raíces…venga Isa, son raíces. ¿Cómo van a ser murciélagos? Son raíces, son raíces. No paraba de repetir eso en mis adentros por si el poder de autoconvicción funcionaba y no me daba un ataque en ese instante. Y pasados unos largos y angustiosos segundos, acabamos ese tramo.

Ahí abajo te encuentras a ti misma. Llámame loca, pero todos estábamos pensando en sobrevivir. Se notaba la tensión en el ambiente. Y entonces… el pánico empezó a florecer.

   – Me acaban de tocar la pierna, ¡Hay algo en mi pierna! – Gritó ‘S’.

   – ¡Ssssshhhh! ¡No, no chilles! ¡Baja la voz! – Le susurramos con tono gritón.

   – ¡En la espalda! ¡Ahora está en mi espaldaaaaaaa! – Estaba desconsolada.

Se movía a más no poder y, aunque la agarré muy fuerte de la camiseta, rompió la fila. Se alejó de mí. Alargué los brazos sin saber con qué me iba a topar y no alcancé a tocarla. Y tenía que estar ahí, pues no tenía margen para salir corriendo, pero el miedo era muy fuerte y no conseguía unirme a ella de nuevo. Yo sólo pensaba en que los murciélagos con los que nos acabábamos de chocar estaban atacando, así que empecé a desvariar y me convertí en un disco rayado:

   – ¡Cállate, ‘S’! ¡Cállate, ‘S’!- Y temblaba, angustiada, con la voz entrecortada. ¡Nos van a matar! ¡No grites! ¡Cállate ‘S! ¡Cállate ‘S’!

Jajaja… “nos van a matar”… pobres murciélagos indefensos: perdonadme.

   – ¡Yo también tengo algo en mi espalda! – Alertó ‘J’, pero manteniéndose en su sitio. Él estaba último en la fila, dos puestos por detrás de mí.

Todo estaba pasando a mucha velocidad, pero de repente el tiempo se detuvo. Me sentía responsable de los que nos habíamos quedado separados atrás, pues ahora era yo la primera de esa fila. Necesitaba volver a unirme con mi compañera y fueron segundos muy dramáticos. Mi chico me apretaba fuerte y me susurraba con entereza intentando tranquilizarme. Había que seguir. -Sé fuerte Isa, vamos… – y conseguí alcanzarla. Ésta vez la agarré metiéndole la mano bien dentro del pantalón. – ¡No te me escapas más!-.

Continuamos temblorosos. El corazón me iba a estallar y mis piernas ya poco podían soportar esa manera de caminar, pero por fin se empezaba a iluminar el último tramo. Ya sólo íbamos pensando en salir y respirar aire fresco mientras estirábamos el cuerpo. No había visto estalactitas ni estalagmitas, pero eso ya no importaba. Impacientes, aceleramos el paso. Volvió a agrandarse el túnel y pudimos caminar erguidos de nuevo. Mi compañera salió corriendo sin pensarlo hacia la luz y yo la seguí, pero me paré a mitad de camino cuando se giró y con cara de espanto me dijo:

   -¡No hay salida!-

Me quedé paralizada. Esa luz era del Sol, sí… pero sólo se dejaba ver a través de un hueco del techo, lo que significaba que nosotros estábamos atrapados en una habitación subterránea. No pude contenerme más. Me eché las manos al rostro y empecé a llorar como una niña pequeña al pensar que debíamos revivir la historia por tener que volver sobre nuestros pasos para salir. Y lo hice tan raro que pensaban que me estaba riendo. Pero no… yo acababa de experimentar el llanto de miedo por primera vez desde que tengo uso de razón. Tras el desahogo, las consolaciones y luego sí algunas risas, el propietario tenía algo que contarnos. No recuerdo exactamente sus palabras pero el discurso fue algo así como:

A lo que acabáis de hacer yo lo llamo la Terapia del Murciélago. Os han pasado cosas que no esperabais. Os habéis visto en peligro y sentido atrapados de repente. Aquí se ha visto claramente cómo actúa cada uno de vosotros en situaciones extremas, lo que significa el trabajo en equipo y su importancia. Todos habéis adquirido un rol diferente, aun estando asustados por igual, y entre vosotros habéis intentado suplir las faltas del otro para seguir adelante juntos: si uno gritaba, los demás tranquilizaban. Si uno lloraba, los demás consolaban. Pero siempre dando más fuerza al grupo, aunque no la tuvieseis. La finalidad que habéis presentido es la de sobrevivir, y para eso hay que ser pacientes y tener unas normas establecidas que todos deben cumplir. No puede cundir el pánico. Si solo un miembro incumpliera una sola norma, todos los demás también se verían comprometidos.

Y automáticamente miramos a ‘S’.

Repasó lo bueno y lo malo y nos habló de los 33 mineros chilenos que hacía unos años habían quedado atrapados en las profundidades por casi 70 días. No podíamos comparar lo nuestro al mismo nivel que lo que ellos habían vivido, pero fue un chute de realidad y una puesta en situación tremenda. Boquiabiertos, entendimos que hay que permanecer unidos y ser fuertes psicológicamente. Si te dejas llevar por el miedo, todo está perdido.

Tras una lección inesperada y más que necesaria nos dispusimos a volver, ésta vez un poco más valientes. Aunque de nuevo hubo sorpresa, pues llegamos a la salida por otro camino diferente en el que no tuvimos que cruzarnos con nada (y fue un completo alivio).

Luego nos dejaron caer que los ‘murciélagos’ con los que nos chocamos sólo eran simulaciones, pero hay videos por ahí que demuestran que los que se subían a nuestros cuerpos eran de verdad. ¿Quién sabe? Habrá que ir la próxima vez más preparados y averiguarlo 😉

Y colorín colorado… lo que empezó siendo una historia de terror se convirtió (con el tiempo) en la mejor anécdota del viaje.

Sí, sí… finalmente pudimos dirigirnos sin más rodeos a la cima de la casa de árbol más alta de Ecuador.

casa del árbol Ecuador

¿Alguna vez habéis tenido una experiencia parecida en vuestros viajes? ¡Contádmelo en los comentarios!

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